Lo que en Freud comenzó siendo una inquisición analítica del sujeto para intentar comprender su conducta, al final de su obra derivó en una visión de la humanidad como problema a abordar desde los mismos parámetros, porque sólo atendiendo a este segundo escalón analítico es posible entender con plenitud el primero. Además, desde el principio de la teoría psicoanalítica, estaba claro que la explicación del individuo pasaba por las relaciones sociales y culturales (Superyo).
Para Freud, la Cultura es precisamente la causa de la pérdida de nuestra autenticidad, de nuestra libertad, de nuestra plena individualidad. Somos lo que nos deja ser la cultura, cuya finalidad no es la felicidad de los individuos, sino la represión de nuestros anhelos más fuertes. Y es el propio hombre el que ha forjado sus cadenas porque, por su propia condición, depende de los demás en mucho mayor grado que el resto de los seres vivos, las necesidades biológicas de supervivencia y de conservación de la especie sólo se pueden cumplir en sociedad.
La sociedad establece una serie de referentes para armonizar la convivencia, que es lo prioritario. Pero esa convivencia exige sacrificios muy crueles: todo aquello que no esté específicamente destinado a ella en la conducta del individuo, es tabú. La presión es tan fuerte que no se limita a manifestarse mediante leyes, sino que se introduce en el mismo sujeto (Superyo) como vigilante interno para convertirse en su mismo represor.
Cuanto mayor es la fragilidad del hombre ante la naturaleza, más intensa es la presión a la que está sometido por el colectivo social correspondiente. Esto es comprensible e inevitable, y es la causa de que todas las energías ahorradas por el individuo al no actuar frente al tabú se transformen, por sublimación en energías creativas que incrementan el poder del hombre sobre la naturaleza (técnica) o producen satisfacciones sustitutivas (arte, pensamiento, religión).
El principio del placer, guía de la felicidad individual, es el enemigo permanente de la cohesión social, de la cultura, que no puede permitirse concesiones que la sitúen en un segundo plano. Pero como las expectativas del individuo sí que barajan la posibilidad de una mayor realización personal en un mundo más alejado de las urgencias de las sociedades primitivas, se percibe la relación individuo-cultura, no como una integración, sino como una oposición. La cultura produce malestar, porque hay individuos que exigen los dividendos de tantos siglos de represión y piden a la Cultura mayor libertad. Pero la Cultura no puede acceder a ello por la sencilla razón de que su objetivo es suplantar esa libertad y convertirse en el único sujeto digno de ella.
El hombre no se siente cómodo en el ambiente donde vive (cultura). Son tantas las restricciones a que le obliga la civilización, que no puede desplegar naturalmente sus pulsiones y satisfacerlas.
Aunque en el mundo cultural haya un sinfín de valores positivos (exaltación de la convivencia, la producción y el goce del arte…), sin embargo, estos valores provienen de una sublimación y, en general, de una renuncia a la satisfacción de las pulsiones libidinosas que provocan siempre una indefinida inquietud.

Publicado el 31 May, 2010
por en Salud. Etiquetas: .

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