El enfado, la irritación, la rabia, la decepción, la tristeza, la frustración… son emociones negativas. Afloran de manera natural en la mayoría de nuestras relaciones afectivas, al igual que los sentimientos positivos. Mucha gente se pregunta: ¿debería decirle a mi pareja, padre, hermano, cómo me siento cuando hace eso que me molesta tanto?

El ‘quid’ está, fundamentalmente, en expresarnos de una manera adecuada, sin crear una sensación destructiva en el que escucha. Muchas personas intentan evitar a toda costa expresar sus sentimientos negativos, ya que en el pasado la expresión de tales sentimientos fue tan sólo el comienzo de una gran pelea, debido a las acusaciones que tales quejas implicaban. Es una postura comprensible, sin embargo la no expresión reiterada de emociones negativas probablemente, con el tiempo, llegue a convertirse en un elemento estresante que va a producir un estado de ansiedad, e incluso rencor hacia la otra persona.

A la hora de expresar un sentimiento negativo a una persona querida debemos tener en cuenta lo siguiente:

– Hablar del tema conflictivo de una forma muy directa, sin “sobrentendidos”. No sirve el “pero si él – ella ya lo sabe”.

– Expresarlos en el momento, y no cuando ya ha pasado el tiempo y el otro no sabe de qué le estamos hablando. Con la mayor calma posible, hablaremos de forma clara y precisa, sin esperar al día siguiente o a la semana siguiente, sólo a que el otro también se encuentre en disposición de escuchar (que no haya niños delante, que estemos ambos calmados, etcétera). No nos referiremos a un sentimiento negativo por algo que el otro ha hecho ahora enlazándolo con otras cosas que ha podido hacer en el pasado. Esa es una forma segura de estropear la expresión de sentimientos y, a la larga, la relación. Planteémonos honestamente: ¿para qué, realmente, nos estamos expresando? ¿Es para dañar al otro?

La expresión de sentimientos negativos no ha de buscar castigar al otro, sino informar de cómo nos sentimos, de lo que nos desagrada y si es posible, tratar de subsanar la situación. Tampoco buscamos la compasión, sino la comprensión del otro.

Los sentimientos negativos no se expresan para culpabilizar, sino para cambiar hacia positivo el modo de relacionarnos. Si conseguimos que el otro de verdad comprenda qué mal me siento cuando hace algo, aumentamos la posibilidad de que cambie esa conducta, si quiere y puede. Y si no quiere o no puede, habremos creado aún así una mayor cercanía afectiva.

Acompañar el mensaje con la conducta no verbal  adecuada:

-Miramos al otro a los ojos.

-Estamos físicamente cerca del otro, incluso tocándole, cogiéndole de la mano.

-Tono de voz moderado, y si notamos que lo estamos subiendo, inmediatamente lo volvemos a suavizar.

-En cuanto a la conducta verbal, acostumbrémonos a formar frases que comiencen por: “yo quiero…”, “a mí no me gusta…”, “yo me siento”, “yo me he sentido…”, etc. Trata de incluirlas en tu conversación habitual, hasta que ya no te resulte extraño utilizarlas. Son los denominados “mensajes yo”, y son adecuados para expresar sentimientos tanto positivos como negativos. En cambio los “mensajes tú” (“tú no me escuchas”, “tú me haces sentir mal”) causan en el otro dolor, sensación de ser agredido y necesidad de defenderse, en lugar de la necesidad de seguir escuchando.

Esperar la respuesta, no “adivinar pensamientos”, ni interrumpir. Dar tiempo a que el otro reflexione y conteste.

En sucesivos artículos profundizaremos en las pautas para una mejor comunicación de sentimientos, y abordaremos la situación inversa: cómo afrontar la agresividad verbal del otro, críticas destructivas o injustas de nuestros seres queridos.

La neurociencia ha demostrado que a través de circuitos neuronales el cerebro procesa los sentimientos en milésimas de segundo. Así que la parte consciente se queda pelando patatas mientras la emocional toma el control de la situación.

La pasión es más fuerte que la razón y la que más influye en nuestras decisiones. Porque si fuese lo contrario, seríamos incapaces de decidir después de enfrentarnos internamente a tantas opciones posibles, de acuerdo con Eduardo Punset y sus interesantes disertaciones al respecto.

Aquí la buena noticia es que después del primer contacto con algo que nos duele, somos nosotros los que elegimos cuánto queremos sufrir. La vida es así, a veces estamos de pie y otras caemos, lo importante es no quedarse en el suelo.

¿Cómo saber si nuestra tristeza es sana, si proviene de una apreciación adecuada de la realidad? Viajemos en nuestro túnel del tiempo personal  y a través del análisis de este decálogo tomado del libro Sentirse bien (Paidós Ibérica) del ya citado Dr. Burns, encontremos respuestas.

1. Pensamiento todo-nada. Forma poco realista de evaluar las cosas. ¿Acaso hay vidas completamente blancas o completamente negras?

2. Generalización excesiva. Llegamos a conclusiones a través de prejuicios generados por experiencias negativas anteriores. Como si la vida de una persona respondiera a leyes físicas. Siempre o nunca, palabras peligrosas.

3. Filtro mental. En muchos casos elegimos el detalle negativo de manera irracional. Nos ponemos unas gafas oscuras y no nos permitimos ver más allá.

4. Descalificar lo positivo. Una actitud que elimina gran parte de la riqueza de la vida al negar lo bueno del día a día. La vida nos puede parecer inútilmente triste si no apreciamos los buenos detalles.

5. Conclusiones apresuradas. De manera arbitraria no damos tiempo a que los hechos, a través de sí mismos, nos permitan ver lo que en realidad estaba pasando.
Los cinco puntos restantes y las conclusiones en la próxima entrega. Mientras tanto quedamos en espera de sus comentarios y los agradecemos anticipadamente.

Publicado el 8 January, 2010
por en Divulgación, Salud.

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