Freud auspicia la formación de una ética dependiente únicamente del consenso de los miembros de la sociedad: la satisfacción de los propios instintos no debería estar limitada por ningún tipo de ley moral, sino sólo por la convicción de la necesidad de reglas que tienen como único objetivo el de evitar conflictos con los otros.
También diría que Freud se ocupa de la solución que la religión imprime a la cultura, solución que parece ganar terreno, ya que se pretende universal. Freud se detiene en una referencia en particular: en el “Amarás a tu prójimo, como a ti mismo”; podríamos deducir entonces que Del mismo modo que el Súper-Yo influenciaría negativamente el desarrollo individual, así la moral y la religión tendrían un efecto negativo sobre toda la sociedad, trayendo como consecuencia una masa escudada en la fe para la subyugación del hombre por el mismo hombre, y por ende, por que no de la sociedad.
El término alemán “Unbehagen”, traducido por malestar, quiere decir propiamente incomodidad, pesadez, desazón. El hombre moderno no se siente cómodo, “a sus anchas”, en el ambiente donde vive, la cultura. Son tantas las restricciones a que le obliga la civilización, que no puede desplegar naturalmente sus tendencias, y, satisfacerlas.
El otro término, “cultura”, tampoco tiene un sentido preciso. Para Freud, cultura no significa ilustración o formación intelectual, sino el conjunto de las normas restrictivas de los impulsos humanos, sexuales o agresivos, exigidas para mantener el orden social. Aunque en el mundo cultural haya un sinfín de valores positivos, como la exaltación de la convivencia con sus múltiples relaciones sociales, o la producción y el goce del arte, sin embargo, estos mismos valores provienen de una sublimación, y en general, de una renuncia a la satisfacción de las pulsiones libidinosas que provocan siempre una indefinida inquietud.
La obra de Freud comienza con ocasión de un comentario, hecho por su amigo Romain Rolland, a su interpretación de la religión, expuesta en El porvenir de una ilusión (1927). Rolland aduce que la religión responde a un sentimiento de comunión indefinida con la naturaleza, que el hombre experimenta algunas veces, algo de tipo místico, que Freud denomina, por su cuenta, “sentimiento oceánico”. La religión intentaría dar una configuración intelectual de tal estado. Freud responde que no ha vivido jamás este sentimiento de inmediata pertenencia al mundo. Reconoce que, para él, la referencia a las cosas ha sido siempre de orden intelectual, inquisitivo, más bien; no se ha “fundido” con las cosas, sino que las ha puesto ante sí, a distancia, como objetos a conocer.
La indistinción a que alude Rollan no es propia del hombre adulto, sino del niño. De ocurrir, hay que interpretarla como una supervivencia de la infancia, nada extraña, porque las fases primitivas de lo psíquico, no se pierden jamás.
Freud concluye ratificando su tesis: la religión procede sólo del desamparo infantil y de la nostalgia del padre; sus representaciones son consuelos e ilusiones, correspondientes a sus deseos. Porque es incontrovertible que el hombre quiere ser feliz.

En su escrito Freud reconoce que la religión, al igual que los sistemas filosóficos o la ciencia, forma parte del tesoro de una cultura . Señala que a pesar de ello ha perdido el peso que tenía a nivel social y que su validez no es eterna, con lo que se pone de manifiesto que ciertas ideas o visiones de mundo tienen validez solo por un determinado periodo de tiempo, y que después se impone reformular las visiones de mundo a la luz de los nuevos descubrimientos. Sin lugar a dudas esta es la propuesta más inquietante y provocadora en lo respecta a la religión.

Asimismo, Freud manifiesta que la mayoría de las personas perciben los sistemas religiosos o los conocimientos científicos como regalos divinos y no como creaciones paulatinas de los seres humanos. Es por ello que surge la resistencia a cambiar la visión de mundo ya superada, no obstante que ya no coincide con las realidades del presente. Esto trae consigo que la visión de mundo ya superada se convierte en factor perturbador de la cultura. En efecto, Freud aborda el tema religioso en los diferentes apartados de su texto y se concentra en delinear el origen de las religiones planteando una posición que contradice las versiones tradicionales. Al mismo tiempo también reconoce que así como no se puede imponer la práctica de una religión, tampoco se pude obligar a dejar de creer en ella.

Para Freud es doloroso reconocer que las religiones todavía cuentan con muchos fieles, quienes aceptan sin cuestionar el sistema doctrinario y las promisiones que de manera integral les explican los enigmas del mundo y les “…aseguran que una solícita providencia guardará su vida y recompensará en una existencia ultraterrena las eventuales privaciones que sufran en ésta” . Freud señala que los creyentes imaginan la providencia como un padre poderoso exaltado, ya que solo un padre con esas características es capaz de comprender sus necesidades, enternecerse ante sus ruegos y aceptar su arrepentimiento.

Para este pensador dicha perspectiva es infantil y poco congruente con la realidad, por lo que concluye que esta masa de creyentes no podrá superar esta concepción de mundo. Freud manifiesta por lo tanto que es una tarea inútil el intentar cambiar su visión de mundo. Los creyentes aceptan esta ilusión sin posibilidad de hacer juicios, además de no tener libertad para elegir y adaptarse a la realidad, ya que en el contexto de las religiones se impone a todos el mismo camino para alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento: “Su técnica consiste en reducir el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación de un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo…” .

Publicado el 18 March, 2009
por en Salud. Etiquetas: , , , .

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